Kawasaki VN1700 Voyager, yate de lujo.

Hacía mucho tiempo que me había propuesto probar alguna gran cruiser. Aunque no es el tipo de moto que más me atrae y en pocas ocasiones puedo sentirme identificado con ellas, soy de los que pienso que todas las motos son buenas y que en esta vida hay que probarlo (casi) todo. Además, este modelo en concreto reunía características particulares más allá de las debidas a su tipología cruiser, por su marcadísima orientación al turismo más confortable.

Así pues, a las cinco de la tarde de una tórrida tarde de julio, nos presentamos Susi y yo en el concesionario oficial Kawasaki donde nos tenían preparada una unidad de VN1700 Voyager. Nada más verla sobre la acera ya empiezo a cuestionarme si aquello es una buena idea. La moto es enorme… ¡gigantesca!, y me hace entender de golpe lo que pueden significar los 380 kg que declara… ¡en vacío! (siempre he considerado el peso de una moto como uno de los datos más importantes, y soy un convencido de la máxima “prefiero un kilo de menos que un CV de más”).

Entramos al concesionario, nos presentamos, y tras los trámites de rigor salimos hacia la moto. El comercial nos canta las odas a sus bondades, tras lo cual empieza a explicarnos el equipamiento que tenemos a nuestra disposición: guanteras, maletas, baúl, ordenador de a bordo, control de crucero, equipo de audio… realmente viene muy bien equipada. Las pantallas LCD muntifunción son necesarias para controlar tal despliegue de medios.

Antes de meternos en harina, paseo alrededor de la Voyager. El aspecto de la moto es impresionante. Sus acabados son de gran calidad, sus piezas encajan a la perfección y tanto cromados como pintura son impecables. Desde luego, en este tipo de moto son cosas en las que hay que fijarse. El carenado integral (¡sí, sí, sigo hablando de una cruiser!) tiene una superficie enorme, lo cual no sé cómo casará con los días de viento, aunque es seguro que el hecho de estar anclado al chasis ayudará a mantener el control, amén de que su considerable peso ayudará a que sea menos sensible a este elemento.

Cuadro de instrumentos

Viendo el cuadro de instrumentos, me viene a la cabeza un término típicamente automovilístico: salpicadero. Cuatro relojes analógicos: dos pequeños en los extremos, izquierdo para nivel de combustible y derecho para temperatura de motor y dos grandes para velocímetro y tacómetro; dos pantallas LCD muntifunción, una central con multitud de datos como reloj, odómetro, dos cuentakilómetros parciales, consumo medio, autonomía restante, testigos luminosos típicos… ¡e indicador de marchas!. La pantalla inferior indica parámetros del equipo de audio (radio tribanda, iPod…), de intercomunicadores (si los equipamos), etc. Los acabados son fantásticos, y aunque los grafismos de los relojes se me antojan demasiado sencillos, reconozco que su estilo retro es perfecto para esta moto.

Lateral del carenado superior

Dejo caer la vista por los laterales del salpicadero, y observo los dos altavoces del equipo de audio alojados en ellos. Tienen un tamaño considerable (para estar montados en el carenado de una moto) y me pregunto por su efectividad real una vez en marcha. Desde luego, el aspecto es prometedor. Debajo de ellos, dos guanteras con llave que seguro serán muy prácticas en ruta: ¿monedas para el peaje?, ¿el móvil?, ¿la cámara?. En una palabra, ¿bolsillos vacíos?: ¡gracias, Kawasaki!. Pero estos laterales superiores aún nos reservan un muy buen detalle: una toma de corriente tipo mechero en el lateral derecho, para poder conectar lo que se nos ocurra.

Esto me lleva a plantearme una duda: el equipamiento electrónico de esta gran Kawa es abundante. No sólo eso, sino que da opción a ampliarlo con una toma tipo mechero y, bien pensado, una turismo de altas pretensiones como esta es muy adecuada para montarle GPS, tal vez una cámara de vídeo… ¿Estará su instalación eléctrica bien dimensionada para responder a todas las exigencias energéticas de sus propietarios?. Pues la respuesta, consultada en especificaciones posteriormente, es rotundamente sí, ya que cuenta con un alternador refrigerado por agua que es capaz de proporcionar unos impresionantes 48,5 amperios. Así, no sólo alimenta a todos sus aparatos, sino que cuenta con capacidad para hacer lo mismo con casi cualquier cosa que se le enchufe. Fantástica y bien pensada.

Carenado inferior y plataforma

Repasando la parte inferior, compruebo que las piernas van a disfrutar de una protección total gracias a los carenados laterales inferiores, que vienen con una entrada de aire regulable para climatizar lo mejor posible esa zona de la pierna, otro buen detalle de la Kawasaki. También equipa unas enormes plataformas perfectamente protegidas por el carenado, algo que nunca he probado y siempre he creído que es un elemento más estético que práctico. Ahora veremos que tal. Caigo en la cuenta que la palanca de cambio es de tipo punta-tacón, de forma que se puede elegir entre el funcionamiento de una palanca convencional (arriba sube marcha, abajo reduce) o se puede subir marcha pisando la parte posterior de la palanca con el tacón. Otra novedad (para mí) que probaré.

Mi mirada sigue su paseo por esta enorme máquina. Y se para en uno de sus elementos que más disfrutarán sus propietarios: los asientos. O tal vez debería decir sillones. El conductor cuenta con un sillón de gran superficie, cóncavo por todas sus partes, que ya a simple vista se adivina de un confort insuperable. Tanto el material como la confección en piel es sencilla, funcional y acertada. El mullido es impresionante, y todos sus bordes se elevan desde el centro para recoger la parte baja de la espalda y la totalidad del trasero. Incluso cuenta con una prolongación por encima del depósito para que las partes más sensibles del conductor (sea del género que sea) se encuentren acomodadas en un universo de confort y bienestar. Nos entendemos, ¿no?.

Asientos... o sillones.

Lo del asiento del pasajero no tiene calificativos. Es sólamente un poco más estrecho que el asiento del conductor, pero su mullido es tan bueno como el de éste. Equipa una innecesaria cincha de sujeción (por aquello de cumplir la normativa, supongo) y el resto es pura poesía. Se une al asiento un gigantesco respaldo tapizado, con reposabrazos incluidos, que hará del pasajero uno de los mejores tratados del mundo de las motos (a la altura de Goldwings y LTs). Curvado y alto, recoge a la perfección los riñones y la espalda hasta media altura, haciendo que la expresión viaje de placer cobre un nuevo significado para el afortunado pasajero. Debe ser una gozada contemplar el paisaje desde ese puesto, mientras la Voyager deja atrás los kilómetros con un suave ronroneo, a ritmo de Blues (no sé porqué, me viene a la cabeza B.B. King; bueno, sí sé porqué). Cuando me imaginación me permite salir del trance en el que me había metido, veo que Susi está embelesada contemplando lo mismo que yo. Uno de los elementos más llamativos de esta superlativa máquina. Y es que la Voyager será una moto, pero no tiene nada que ver con nuestra querida e incómoda (para el pasajero) Z.

Top case

Mi paseo visual me lleva a otro elemento fundamental en cualquier moto turística: la capacidad de transporte de equipaje. El respaldo del asiento del pasajero sirve de soporte para el top case. Totalmente integrado en la moto, al igual que las maletas laterales, tiene una gran superficie y una buena capacidad de 50 litros. Dos cascos integrales, equipaje… todo será cómodamente cargado gracias a su curiosa apertura lateral que parte el respaldo del pasajero en dos. Hasta ese punto se ha buscado la integración. En su parte trasera se coloca una segunda luz de freno, amplia y estética. Completan la capacidad de carga de esta viajera dos maletas laterales también de buena capacidad (38 litros cada una) y muy aprovechables, de apertura superior. Su tamaño queda proporcionado al del resto de la moto, logrando un conjunto equilibrado e imponente. En total, 128 litros de capacidad… no hay más preguntas, señoría.

Maleta lateral

Sigo fijándome en todos los detalles que me da tiempo mientras nos equipamos. Bueno, en realidad, se equipa Susi. Yo he decidido dejar en el coche la chaqueta de cordura que llevaba. El calor es infernal y creo que la cordura sería un peligro por el gran calor que iba a tener que soportar. ¿Decisión cuestionable?, sí. Pero yo he perdido el conocimiento encima de la moto por culpa del calor, y sé de qué hablo.

Ya preparados, llega el mejor momento de todos: arrancar el motor y salir a rodar. Ajusto mis guantes, y antes de subir a la moto estudio por dónde salir. Estaba encima de la acera, y no es máquina para tomarse a la ligera la bajada de un bordillo. Localizo una rampa por la que bajar, pero está protegida por bolardos. Habitualmente eso no es un problema para una moto… pero para esta sí lo es, y es que cabía bastante justa entre ellos. No estamos hablando de una moto cualquiera…

Puesto de conducción

Finalmente, me subo a la Voyager. Lo que tengo enfrente mío es impresionante. El puesto de conducción es lo más amplio que nunca he visto, y es la primera vez que de verdad me siento detrás de un carenado. Y es que hasta ahora nunca había tenido que mirar a través de la pantalla que me protegía. Afortunadamente, la calidad óptica de la de la Voyager es impecable. Los brazos, abiertos. Y parece que, a pesar del gran número de mandos todo cae en un sitio lógico, aunque los botones más inferiores de las piñas se me antojan alejados, aunque creo que es cuestión de costumbre… no estoy habituado a tener botones diez centímetros por debajo del eje del puño.

Piña izquierda

Piña derecha

Y hablando de las piñas… ¡qué tamaño y qué cantidad de cosas!. La izquierda tiene los mandos de luces e intermitentes, del claxon y del equipo de audio, pudiéndose ajustar volumen, bajos, agudos y balance de los dos altavoces de 40W, que dan voz a su radio tribanda, y es compatible con iPod, sintonizador XM y radio CB. Decido no tener que desconcentrarme durante la conducción con la radio, y la pongo en marcha, ajustando su volumen a 1/3. La calidad de sonido es excepcional, mucho mejor de lo que habría esperado, y que su ajuste a sólo 1/3 de volumen sea más que suficiente para oirla con claridad en una gran avenida atestada de tráfico da muestra de su potencia. Ajusto una emisora de buena música y la dejo sonando… ¡es una nueva experiencia en moto!, y muy agradable, debo añadir. La piña derecha tiene los mandos de warning, encendido y el control de crucero. Este último es una buena idea en este tipo de moto. Se puede activar entre 47 y 137 km/h, en 3ª velocidad o superior. Y basta con actuar sobre embrague o cualquiera de los frenos para desactivarlo al instante. Un buen gadget para esta turística piernas largas, habitante natural de grandes vías.

Contacto

¡Pero ya está bien de mirar, vamos a rodar!. Recordando las explicaciones del comercial, giro la llave y esa especie de hélice que la rodea, y arranco el motor. ¡Eso es arrancar!, toda la moto se sacude cuando el motor cobra vida. En cambio, cuando se estabiliza el ralentí, tengo la impresión de que las vibraciones están muy bien controladas. A ver, entendámonos: no es un tetracilíndrico, pero para ser un V2 de esta cilindrada creo que vibra muy poco. Me acomodo y meto primera. Mi primer desafío va a ser dar la vuelta sobre la acera, y más me vale no inclinar la moto, porque su peso amenaza con vencerme a cada momento. Pero su bajo centro de gravedad facilita en parte la maniobra, y no tengo problemas. El segundo desafío: pasar entre los bolardos… ¡y es que esta enorme Kawasaki pasa muy justo entre ellos!. Pero midiendo bien las distancias, tampoco es demasiado problema. Se sube Susi a su trono de reina (bien merecido lo tiene, con lo que sufre en la plaza trasera de la Z) y salgo a una avenida del Cid atestada de tráfico.

Está más que claro que con esta moto hay que comportarse como un coche más y olvidarse de pasar entre ellos, por huecos o hacer slaloms (cosa que no es recomendable nunca, pero menos con esta moto). A baja velocidad tiene buena motricidad, el motor respira muy abajo y se maneja relativamente bien, para pesar lo que pesa. Pero es cierto que no me gustaría pasar mucho tiempo con este monstruo atascado en una urbe. No creo haber probado una moto menos optimizada para ello… pero claro, tampoco está destinada a este ambiente. Casi de inmediato me doy cuenta del que va a ser, para mí, el peor de los problemas de la Voyager: el calor abrasador que despide su motor, absolutamente exagerado. Es verdad, las cinco de una calurosa tarde de julio valenciano no ayuda… pero lo que sale de este motor no es ni medio normal.

Por fin alcanzamos la A-3 y el ritmo se incrementa. Sé cual es el carácter de esta moto, así que decido adaptarme a él y tomármelo con calma, disfrutando de su increíble comodidad, de su tranquilo motor y de la música que nos ameniza el recorrido. El tráfico es denso, pero no hay prisa. Circulo por el carril derecho con tranquilidad, sin poder llegar a la limitación de 100 km/h, pero tanto da. Esta moto invita a la calma, y siento que me invade una sensación de equilibrio y paz muy meritoria, dadas las condiciones de circulación. De todas formas, siempre llega el momento de actuar, y alcanzo a un camión. La interminable fila de coches que me adelantan con prisas por el carril izquierdo se ve brevemente interrumpida por un conductor que, ¡oh milagro!, respeta una cierta distancia de seguridad. Creo que es mi oportunidad, así que pongo intermitente y le doy un buen giro a mi puño derecho, esperando que ese enorme bicilíndrico en V de mil setecientos centímetros cúbicos me propulse hacia adelante para ocupar el carril izquierdo sin molestar al coche que se acerca rápidamente… pero no ocurre nada. Ocupo el carril por impulso, pero la moto apenas empuja, con lo que el coche tiene que tocar el freno. Nada que haya creado una situación de riesgo, por supuesto, pero la pobre reacción del motor me ha resultado decepcionante. Evidentemente debería haber bajado un par de marchas, pero no me lo esperaba. Está claro que esta máquina es a las motos lo que un camión es a los coches. Lección aprendida.

Sigo adelante por la A-3 hasta alcanzar la A-7, más conocida como by-pass. Decido ir por ella hacia el norte, y coger una carretera que me conozco a la perfección (entre otras cosas porque fui el topógrafo encargado de su construcción) para enlazar, por carreteras secundarias, con la V-21 para volver a la ciudad. En el by-pass el tráfico es menos denso, y me puedo relajar un poco más. Decido probar el control de crucero, y lo fijo en 120 km/h. ¡Es genial!. No hay que preocuparse de si la carretera sube o baja, la moto mantiene imperturbable su velocidad. Es un complemento realmente cómodo para eso: mantener cruceros constantes en vías sin problemas. Entonces soy plenamente consciente de las virtudes de esta gran rutera: las plataformas son cómodas, no son un aditamento estético. La posición de conducción es simplemente insuperable, con los brazos moderadamente altos y abiertos, las piernas y pies adelantados, el trasero y casi los riñones perfectamente recogidos en un mullido ideal, y el motor ronroneando en esa sexta velocidad que es un overdrive que embelesa. La música, que he subido hasta 1/2 del volumen, se oye con una claridad y una calidad cristalina, y me doy cuenta que eso de ir en moto escuchando música tiene su puntito. La pantalla y el carenado protegen impecablemente. Un momento… no me lo puedo creer. Me acabo de dar cuenta de que… ¡voy con la visera del casco abierta!. Llevo varias decenas de kilómetros recorridos y me doy cuenta ahora de que estoy circulando con la visera de mi BMW SportIntegral abierta. ¡La protección de la pantalla es realmente excepcional!. En autovía la moto está en su terreno, está claro. Realmente me alegro de haber concertado esa prueba, pues estoy probando una forma totalmente diferente de disfrutar de la conducción, y me está gustando… cosa que me sorprende, porque literalmente odio la autovía cuando voy en moto.

Pero la autovía llega a su fin, y hay que enfrentarse a las vías secundarias que le tengo reservadas a la Voyager, vías sencillas de buen asfalto, pero con curvas de radios menos generosos que hasta ahora, e incluso con alguna que otra glorieta. La verdad es que me preocupa un poco cómo voy a tomar estas últimas, pues este barco tiene pinta de ser bastante limitado a la hora de inclinar. Lo vamos a ver.

Tomo la salida de la autovía. En cuanto toco el embrague para bajar una marcha, el control de crucero se desconecta y me devuelve el control, todo con naturalidad. Trazo la salida y la incorporación a la nueva vía (esta vez bajando otra marcha para tener respuesta, por si necesito acelerar) y van llegando curvas suaves. En este caso, la moto se sigue comportando con nobleza, haciendo gala de una estabilidad impecable. Claro que tampoco me atrae la idea de ir buscándole los límites, no creo que sea moto para ello. Ojo, seguro que se puede circular más rápido de lo que yo lo hacía una vez cogida por la mano, pero tampoco mucho más. En cualquier caso, eso sería ir en contra de la naturaleza de esta refinada máquina, y hay pocas cosas menos convenientes que esa. Tras unos kilómetros, llega la primera glorieta. Reduzco, me acerco al ceda el paso con precaución, y no viene nadie, por lo que enlazo la entrada-glorieta-salida a muy baja velocidad. Realmente me preocupa inclinar, porque sé que mis cómodas plataformas apenas tienen separación del asfalto. Otro tramo tranquilo y fácil, en el que sigo disfrutando de la calidad de rodadura de mi Voyag… esto… de la Voyager de Kawasaki, con la música y todo su refinamiento. Le pregunta a Susi “¿qué tal?”, y me contesta un “¡muy bien!” que me asusta. ¡Oh, espero que no quiera que cambiemos nuestra querida Z, esa expresión ha sonado a disfrute total!. Y llega otra glorieta. En esta me tengo que detener, y se me hace evidente el peso del conjunto. En números gordos, me estoy manejando con unos 570 kg… ¡y se nota!. Emprendo la marcha, y lo que no se le puede negar a la gran VN es que, dentro de lo que cabe, te pone las cosas fáciles. Un tramo recto, y otra glorieta. No me tengo que detener, le he cogido algo de confianza a mi montura y… ¡grñeeeeec!, arrastrón de mi plataforma izquierda. Es increíble… ¡pero si apenas he inclinado!. Afortunadamente, la moto no se ha descompuesto en ningún momento, pero por su culpa me he ganado unos toquecitos de atención en el hombro. Se confirma que con esta moto, o se roza o se está a punto.

El último tramo es el más estrecho y, sin llegar a ser revirado, tiene más variedad de curvas. Después de la experiencia de la glorieta no me apetece que me vuelvan a dar toquecitos en el hombro, así que sigo tomándomelo con calma. Y al final del tramo consigo encontrar un compromiso bastante bueno entre ritmo tranquilo pero no desesperante e inclinación sin roces. Al final acabaremos entendiéndonos… más o menos.

Enlazo con un nuevo tramo de autovía, la V-21, para regresar a la ciudad. Entrando por el norte, voy a tener que cruzarme media Valencia con la Voyager, sin duda una dura prueba para todos. No puedo volver a poner el control de crucero porque el tráfico vuelve a ser intenso y no permite un ritmo constante, pero ya nos conocemos mejor y el paseo sigue siendo agradable. La música es una compañera estupenda en estas circunstancias. Además, el manejo del acelerador y la respuesta del motor es suave y predecible, y la única precaución que hay que tener es anticiparse mucho más de lo que estoy acostumbrado a las maniobras propias y de los demás.

Y llega la ciudad. Tráfico, semáforos y calor… ¡muchísimo calor!. No lo he nombrado, pero en carretera sentía como mis muslos se cocían lentamente como muslos de pollo. Pero la llegada a la ciudad fue sencillamente horrorosa. A pesar de ir en vaqueros y manga corta, el abrasador calor que despide el motor me cuece como a un centollo, hasta el punto que tengo que llevar las piernas separadas para que no toquen las tapas laterales, porque me quemo. Literalmente. A la dificultad para circular con semejante mastodonte por ciudad se une esta terrorífica circunstancia, que me pone al borde de la deshidratación. Supongo que en un invierno crudo esto tendrá sus ventajas, pero en el tórrido verano levantino es insufrible. Realmente un grave problema que deberían solucionar.

Por fin, una buena media hora después de haber entrado en la urbe, llegamos al concesionario. He disfrutado de la moto, pero reconozco que dejarla estacionada donde la encontramos, apagar el motor y bajarme de ella es un puro alivio. Entramos rápidamente al cobijo del aire acondicionado de Máquina Motors. Nos sentamos, bebemos (la atención fue exquisita) y cuando nos recuperamos un poco, el comercial nos pregunta qué nos ha parecido la moto.

Es una moto de extremos. Está claro que tiene una orientación muy definida y concreta hacia el turismo de cinco estrellas, objetivo que logra con brillantez, pero no hace concesiones en ningún otro campo. Para hacer viajes cifrados en miles de kilómetros es un arma absoluta, siempre que se hagan por vías principales tales como autovías o nacionales no muy complicadas. Por el resto de vías se podrá circular, pero sinceramente no me gustaría tener que pasar un puerto de montaña con curvas cerradas y herraduras con la Voyager. En cambio, es la mejor moto que he probado para hacer kilómetros por autovía y nacionales no muy reviradas. Sencillamente impecable. Y esto lo tiene que agradecer sobretodo a su estudiada ergonomía y a su extremada comodidad. Sus asientos valen un imperio, pues tanto conductor como acompañante (sobretodo este último) son tratados como auténticos reyes. La protección de su pantalla y carenado es impecable, y nada hace temer a las inclemencias meteorológicas con semejante aliado. Las maletas y baúl, perfectamente integrados, son muy aprovechables y proporcionan una capacidad tremenda.

El equipamiento del que hace gala es impresionante, y gadgets como el control de crucero o el excelente equipo de sonido son muy acertados y de agradecer. La tecnología integrada (ABS, K-ACT, APS, TPS, suspensiones ajustables, etc) demuestra que Kawasaki no se ha escudado en su concepción custom para ahorrar ayudas a la conducción muy convenientes en esta máquina superlativa.

Pero todo esto tiene consecuencias negativas. Un peso disparado, una maniobrabilidad delicada y, sobretodo, un calor procedente del motor tan exagerado que se convierte en un serio problema, hacen de esta moto una especialista hasta el extremo, sólo apta para quien sepa exactamente lo que busca y esto coincida con lo mucho que la Voyager ofrece.

Anuncios

Acerca de Xavi (Motoret)

Una frase escuchada en un spot publicitario: "Cuando naces, todo el mundo ríe y tú lloras; ve y vive tu vida de forma que cuando mueras, tú sonrías y los demás lloren". Ver todas las entradas de Xavi (Motoret)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: